Oda al domingo: lo que pienso en un día off

Siempre sentí que los vuelos son como la vida: si aprendemos a mirar las cosas pequeñas, o las historias que pueden pasar desapercibidas, vemos condensados muchos hechos de la vida misma, “así en la tierra como en el cielo”. Cosas que empiezan, que despegan con energía, y quizás tienen un final movido, o al revés también: despegan de manera dudosa y parece que no van a prosperar y que se va todo al diablo, pero después va genial y concluye de manera tranquila, sin sobresaltos. En el camino pueden haber turbulencias, gente que llegó para quedarse, que va, que viene, que te puede caer mejor que otra, gente pasajeraLo único que es constante es el cambio, nada queda igual, pero todo, en algún momento, nos guste o no, sea lindo o sea feo, se termina. Y el tiempo vuela.
Y el domingo también.

Pero luego llega otro domingo.

Y así pasa la vida.

Siempre viví los domingos con melancolía. Y a veces juego a ponerle otro nombre, a que se llama distinto, para ver si cambia algo. Si el domingo se llamara “$/&%$/&%$”, ¿me causaría la misma sensación?

No sé, porque igual se sigue llamando “domingo” y sigue siendo lo que es.

Eso me hace pensar en por qué les pusimos a las cosas cierto nombre y no otro; en cómo llegó a llamarse así y en que todos podamos convenir en ello… la invención del lenguaje es fascinante (así como el hecho de que, además, existen distintos idiomas), y más aún lo es el hecho de que con él podamos crear otras cosas, otras realidades, mundos enteros y hasta podamos usarlo para hablar de él mismo.

Aprovecho los días off para descansar, pero los domingos los uso más para pensar en estas cosas…

Los domingos siempre me deprimieron un poco. En mi pasado era porque no quería comenzar la semana dado que no me gustaba mi trabajo. Sin embargo, en esta etapa de mi vida, al revés, prefiero ir a trabajar: quiero levantar vuelo y despegarme de la tierra. Porque para mí es un superpoder la posibilidad de estar en el aire, abstraerme y quedar suspendida por un rato… los problemas quedan en tierra y solo me ocupo del presente. Puede que sea turbulento, pero en todo caso me ocuparé de esa incomodidad y no de los problemas de la tierra. Y eso me ayuda muchísimo ya que aplico Mindfulness (la corriente que estipula que nos concentremos en el momento presente, porque el futuro nunca llega y el pasado ya pasó; que no evitemos nada, que transitemos lo lindo y lo feo porque es parte del mismo todo que es la vida, y que dejemos fluir porque lo que no puede controlarse ya está solucionado).

Aprovecho que en mi trabajo no importan los nombres de los días, no importan las horas: y eso es lo que más me gusta. Puedo conocer momentos del día que en otra profesión no podría. Puedo asumir que mis colegas también están despiertos en horarios “raros”. Cada día es distinto y me expone a adaptarme a grupos de personas, realidades, climas y geografías diferentes… No pude haber acertado mejor la profesión que elegí…

Les confieso mi problema: soy adicta al movimiento constante. Pero no a moverme como quien hace deporte, sino a mudarme, a cambiar de ambiente todo el tiempo, a viajar…  Es un síndrome que desarrollé desde chica: en lo que va de mi vida de 34 años, me mudé más de 7 veces, me cambié de colegio más de 10 (por voluntad propia, no me expulsaron de ninguno), y también cambié de trabajos y realicé varios a la vez. Y creo que se debe a que tengo adicción a la adrenalina de no saber qué va a pasar, que todo sea sorpresa, manejar imprevistos, aprender todo el tiempo, hacer el experimento de ver cómo me las arreglo en una nueva situación, aplicar creatividad, y así como en el colegio me gustaba ser “la nueva”, ahora que me gusta viajar, me encanta ser “la extranjera”. Me gusta sentirme desafiada, y me parece divertido ver la vida en términos de retos. Y en mi actual profesión tengo todos estos ingredientes, incluido el hecho de poder hacer lo que no me dejaban de chica: quedarme despierta hasta tarde 🙂

Hoy fue un domingo sin volar. Y lo sentí más domingo que otros domingos. Al menos hizo lindo día, porque cuando está nublado me bajonea. Pero eso también aprendo de mi trabajo: a sonreír siempre, aunque la meteorología no sea la ideal. Y eso, al menos, compensa un poco. La sonrisa es el idioma universal y la entienden en cualquier parte del mundo.

Escribiendo esto me doy cuenta de que los domingos son un poco como volar: el tiempo queda como “suspendido”… pero no me gusta volar en tierra: prefiero volar alto.

Igualmente tengo que decir: gracias al domingo por estos momentos de reflexión en los que reflexiono acerca de que estoy reflexionando… También es bueno tener los pies en la tierra de vez en cuando… no se puede vivir siempre en las nubes 🙂

¡Por más domingos filosóficos!

Y por tu atención, muchas gracias 🙂

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2 comentarios

  1. hermosa reflexión ale. Me identifico bastante en algunos aspectos. gracias por compartir con nosotros tus lectores.

    1. Muchas gracias a vos, Ale, por leerme, compartir y comentar siempre 🙂

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